sábado 17 de diciembre de 2011

La mujer que no era

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La mujer que no era ni una cosa ni la otra solía llevarme la contraria como si yo representara todo cuanto ella no quería que fuese. Inmersa en esas incertidumbres rocambolescas, la mujer que sin ser tampoco dejaba ser a los demás, ni siquiera una pizca, se deshacía en elogios cada vez que me descubría meditabundo, lo que aumentaba a partes iguales mi enfado y perplejidad, y sobre todo me dejaba sumido en un mar de dudas que condenaba mi falta de sustancia a una confusión muy desagradable. Una tarde soleada que me sentía yo más fuerte de lo normal, le dije a la mujer que no sería que me dejara en paz de una vez por todas, pero tras cinco minutos de imposible discusión, caí en la cuenta de que sólo había estado peleándome con la señora que siempre había sido, cuando lo que yo precisaba era enfrentarme más bien con la mujer de mis sueños, pero ella no estaba presente entonces y ya no digamos dispuesta a cambiar. De modo que aquí me tienen, convertido de forma irreversible en el hombre con ser pero sin mujer, aunque siga tan deprimido como siempre.
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9 comentarios:

Isabel dijo...

Como la vida misma. ¡Qué bueno, Gemma!

Un fuerte abrazo y mis deseos de felicidad.

Freia dijo...

Esto es una sinestesia comm'il faut y lo demás son tonterías.
Tiene razón Isabel. Nos pasamos la vida sumergidos en esos desencuentros sin vuelta atrás.

Un abrazo, mi Gemma querida.

Lola Sanabria dijo...

Somos tantas personas como influencias hemos tenido y tenemos. Y no todas se llevan bien. Las luchas son a veces encarnizadas, de ahí el visitar lugares de paredes y batas blancas. Enamora una de ellas tal vez, no todas. Y, como le ha ocurrido al protagonista, no puede cambiar a las demás y se acaba quedando sin ninguna.

Abrazos de la mujer cariñosa que hay en mí.

Magda Díaz y Morales dijo...

Un abrazo para ti.

Que 2012 sea pleno en salud, amor y felicidad.

María dijo...

Lo que más me preocupa es eso de: "la mujer que sin ser tampoco dejaba ser a los demás", muy del perro del hortelano.
Lo que no se le puede negar son unas buenas piernas.
Besos

Gemma dijo...

Isabel, celebro que te haga sonreír. Un beso y felices fiestas para ti también

Freia, la mujer que no era y el hombre con ser pero sin mujer te están muy agradecidos. Besos para ti

Lola, pues efectivamente de eso trata el textín: del baile -y hasta de la trashumancia- de identidades que nos definen. Un abrazo grande

Magda, muchas gracias por tus buenos deseos. Lo mismo te deseo a ti. Abrazos

María, jaja. Es que la prota de la historia padecía en ese instante -y sobre todo, hacía padecer a los demás- un humor de perros...
¿Y qué me dices de la oportuna antena parabólica de él? No me dirás que no es útil... :-)
Un besazo

sergio astorga dijo...

Gemma, yo quería escribir un comentario que fuera… rotundo… inequívoco pero… ¿es preciso hacerlo? ¿No es mejor desearte buenas fiestas?... El comentario de mis sueños no aparece por ningún lado. Lo estuve buscando, no creas que venga aquí convertido en un halagador profesional, no señora. Los comentarios tienen su dignidad ¿la tienen? Cuando menos la desean y la necesitan ¿o no?
En fin, me voy a deprimir un rato, no mucho y si encuentro lo que quería decir, regreso.

Abrazos sin comentarios.
Sergio Astorga

*felices fiestas, porque son fiestas ¿verdad?

NáN dijo...

Debería ser obligatorio leer este texto a los contrayentes al menos en las boda civiles (y no llamo con esto inciviles a las de la iglesia). Pero después de que los contrayentes hubieran dicho sí y firmado.

Y es que vamos por la vida faltos de buenas instrucciones de uso.

Gemma dijo...

Sergio, desde luego compartimos perplejidad. Creo que pocas cosas me definen tanto como ese rasgo. Juraría que a ti te pasa igual.
Besos y ¡felices fiestas!

Nano, a los contrayentes a menudo les ocurre lo que a los contribuyentes. Que viven atados al participio de presente...
Besazo

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Hermosa vida que pasó y parece
ya no pasar…
Desde este instante, ahondo
sueños en la memoria: se estremece
la eternidad del tiempo allá en el fondo.
Y de repente un remolino crece
que me arrastra sorbido hacia un trasfondo
de sima, donde va, precipitado,
para siempre sumiéndose el pasado.


Jaime Gil de Biedma, "Recuerda"