domingo, 20 de diciembre de 2015

Trescientos nueve

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El amor propio sólo se compensa con el ajeno 
(en especial, si es verdadero).
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jueves, 17 de diciembre de 2015

lunes, 14 de diciembre de 2015

Trescientos siete

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La cuadratura del círculo del ejercicio crítico es aquel formulado con justicia, justeza y justedad, es decir, de forma ajustada siempre, sin tener por ello que caer en el ajusticiamiento de nadie.
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lunes, 7 de diciembre de 2015

sábado, 5 de diciembre de 2015

viernes, 4 de diciembre de 2015

viernes, 27 de noviembre de 2015

Trescientos tres

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De vacío se llenan los fatuos. Sólo a veces reconocen, en un rapto de lucidez, la necesidad de extinguirse por el bien común, ahítos de puro relleno. 
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lunes, 23 de noviembre de 2015

Trescientos dos

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Las verdaderas preguntas no se formulan. Antes bien, brotan y fructifican, e incluso en ocasiones alcanzan a pudrirse sin que hayamos encontrado un asomo de respuesta.
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domingo, 22 de noviembre de 2015

martes, 17 de noviembre de 2015

viernes, 6 de noviembre de 2015

En la bitácora de Antón Castro

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De nuevo en la bitácora 
velador y valedor 
de escrituras 
y escritores 
(sin olvidar nunca a
los de narrativa breve). 
Agradecida.
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martes, 3 de noviembre de 2015

La pecera, de Juan Gracia Armendáriz

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La sombra de Miguel

Esta novela empieza con las expectativas de un western y concluye con la intriga y el misterio propios del género policíaco, aunque se nutre en mayor medida de la novela autobiográfica que Jack London escribiera sobre los efectos del alcohol, titulada John Barleycorn, en alusión al cereal empleado en la fabricación de bebidas como la cerveza o el whisky. Pero en calidad de escritor consciente que observa la realidad, se alimenta sobre todo de la concepción de esa lógica blanca propiciada por la lucidez que le concede a su protagonista la ingestión de cierta dosis de alcohol. El título de la novela que nos ocupa remitiría a esa clase de distorsión amplificada, como si se tratara de una lupa de aumento, que su consumo asiduo favorece en el personaje, además de referirse al encierro en la jaula en que se halla el narrador protagonista.

Tras la publicación de su Trilogía de la enfermedad, formada por una novela (La línea Plimsoll) y dos diarios (Diario del hombre pálido y Piel roja), el autor regresa a la ficción para mostrarnos a un hombre desamparado, mientras intercala el relato de su caída en desgracia con el testimonio de otros personajes semejantes, destacándolos en capítulos aparte escritos en cursiva, como si fueran cuentos breves (así ocurre en los episodios 3, 7, 10 y 14, de un total de 30), a sabiendas de que su lectura multiplicará el desvalimiento en que se encuentra el narrador principal. 

Miguel Quer, el protagonista, es un profesor de Literatura adicto al alcohol y desengañado de las bondades de la materia que enseña. Un día conoce a Ana Ferrer, una diseñadora de éxito de la que se enamora enseguida. A ella también le gusta beber, pero a diferencia de Miguel consigue desengancharse de su adicción poco después de haberse mudado juntos a la sierra de Madrid, produciéndose al cabo la ruptura de la pareja. La trama empieza en este punto: con Miguel vencido tras la marcha de Ana y la huida hacia delante que inicia el narrador, entregado a la bebida para mitigar el sufrimiento. Así, mediante continuos saltos hacia atrás a fin de recomponer el puzle de su desgracia, va ahogándose progresivamente en la pecera en que transcurre su existencia. 



Al margen de hallarnos ante un argumento más o menos conocido, lo que sostiene la escritura de Gracia Armendáriz es el relato en primera persona sobre el paulatino alejamiento del protagonista de la vida y del amor, de la realidad objetiva, para adentrarse poco a poco en esa otra realidad distorsionada por el alcohol, hasta adquirir todas las trazas de la pesadilla, echando mano de potentes dosis de humor ácido cuando la situación lo requiere. Desde el inicio, asistimos a los sucesivos desdoblamientos de Miguel en Johnny Walker, tal como ocurre en la novela de London, quien pasa a dialogar primero con el profesor y, luego, a suplantarlo debido a esa distancia distorsionada que le brinda el alcohol, como si se tratara de su sombra, de su lado oscuro. En los momentos más delirantes, llega a valerse de tres personajes: de Johnny, de su sombra y del pez mismo que representa su borrachera, metáfora amable de toda esa ristra de alimañas que lo asedian, en un relato que se descompone en varios prismas para mejor proyectar una percepción surrealista de la realidad circundante. 

Si bien la prosa y el estilo de Gracia Armendáriz se muestran muy cuidados en los diversos registros que utiliza, creo que uno de sus mayores aciertos estriba en el hecho de que todo cuanto nos es referido por este lúcido narrador borracho posee una ambigüedad indescifrable, de modo que casi siempre le corresponde al lector interpretar o cuestionar las versiones sesgadas que nos llegan de una historia o peripecia cualquiera para recomponer su verdad. Así, por ejemplo, cuando se ríe de la fe súbita que Ana ha abrazado para redimirse de su pecado alcohólico entregándose, en cuerpo y alma, a esa nueva secta que representan para el narrador, movido por la rabia y el abandono, las sesiones de Alcohólicos Anónimos, a las que asiste con devoción su expareja; o cuando el lector empieza a temer que el propio Miguel esté a punto de convertirse en el exmarido violento de Ana, si es que no lo ha hecho ya… Y sin embargo, ya se trate de las discusiones que entabla al principio con Ana, ya del recuerdo borroso de ciertas escenas que han tenido lugar en la universidad donde trabaja, a menudo nos sentimos solidarios, en la visión y el punto de vista, con este narrador cuestionado. El insólito desenlace con el que se resuelve el embrollo de su existencia, terminará por concienciar a este personaje alcohólico y afortunado, dispuesto, ahora sí, a renunciar de una vez por todas a Johnny.

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* Esta reseña ha sido publicada en el número 393 de octubre de Quimera.

domingo, 1 de noviembre de 2015

jueves, 29 de octubre de 2015

Doscientos noventa y ocho

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La búsqueda de señales por doquier
nos condena a la ceguera de los crédulos.
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domingo, 25 de octubre de 2015

martes, 20 de octubre de 2015

Brevilla, ¡qué maravilla!

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Mi agradecimiento a Lilian Elphick, Sergio Astorga y Patricia Nasello por invitarme a publicar en su página de breverías. 
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lunes, 19 de octubre de 2015

Amanece la noche

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Unas notas de piano
se filtran despacio
por la ventana
mientras el trinar destemplado  
de un pájaro 
repica al son de la campana
del Templo de la Sagrada Familia.
Acompasa sus gorjeos
arrítmicos un viento 
gélido, que se desvanece
entre sábanas blancas.
De pronto, 
el taconeo 
de una vecina 
tumultuosa
ha querido fundirse 
con el rugir de una moto.
Van a dar las ocho
cuando crepita una persiana
y cede ante la noche,
que amanece.
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Unas notas de piano se filtran despacio por la ventana mientras el trinar destemplado de un pájaro repica al son de la campana del Templo de la Sagrada Familia. Acompasa sus gorjeos arrítmicos un viento gélido, que se desvanece entre sábanas blancas. De pronto, el taconeo de una vecina tumultuosa ha querido fundirse con el rugir de una moto. Van a dar las ocho cuando crepita una persiana y cede ante la noche, que amanece.
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sábado, 17 de octubre de 2015

Doscientos noventa y seis

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¿De verdad
hace falta
buscar la trascendencia
a nuestras vidas 
en la iniquidad política
de estos días?
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viernes, 16 de octubre de 2015

jueves, 8 de octubre de 2015

martes, 6 de octubre de 2015

Doscientos noventa y tres

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Me admira la fatuidad de ciertos jóvenes; tan persuadidos de su valía respecto a la ajena, que consideran maltrecha; orgullosamente ufanos de un poder que no les cabe en el cuerpo ni en sus irredentas cabezas. Hambrientos y a la espera. Convencidos de sí mismos por encima de todos, al frente (enfrente) de nadie. 
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jueves, 1 de octubre de 2015

miércoles, 30 de septiembre de 2015

domingo, 27 de septiembre de 2015

Doscientos ochenta y nueve

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El microrrelato es una glosa. 
(¿Y qué literatura no lo es?)
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Malas palabras, de Cristina Morales

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Empresas, amores y razones
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La nueva novela de Cristina Morales (Granada, 1985) confirma lo que algunos sospechábamos: que es uno de los escritores jóvenes, de los nuevos nombres, más prometedores. Ya tenía en su haber un libro de relatos, La merienda de las niñas (2008) y otra novela, Los combatientes (2013), en donde reflexionaba sobre movimientos sociales como el 15-M. Ahora, un encargo con motivo del quinto centenario de Santa Teresa de Jesús (1515-1582), nacida como Teresa Sánchez de Cepeda y Ahumada, ha sido el acicate y punto de partida para componer estas Malas palabras.


La historia transcurre durante el período en que la monja escribe el Libro de la vida, acaso la primera obra autobiográfica de verdadero mérito en nuestras letras, mientras se hospeda en casa de doña Luisa de la Cerda y vive bajo su protección. Seis años después de la muerte de Teresa de Jesús, Fray Luis de León rescata el manuscrito y lo edita en 1588. De hecho su versión es la que nos ha llegado, tal como nos recuerda Cristina Morales en el epílogo. Así, la novela adopta la forma de una autobiografía puesta en boca de la monja, pues la voz narradora asume su personalidad desde el mismo arranque, alternando la primera persona con la segunda las veces en que intenta hacer examen de conciencia en soledad. No se trata, en consecuencia, de una obra apócrifa, sino de un palimpsesto que persigue completar las motivaciones que llevaron a Teresa de Ávila a escribir, siendo aborrecida y amada por ello.
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Es bien sabido que fue criticada por leer en romance la Biblia y por interpretar las Sagradas Escrituras, práctica prohibida a las mujeres, además de desoír la obligación de leer en voz alta y defender el rezo en silencio. Asimismo, Teresa Sánchez funda la Orden de las Carmelitas Descalzas, una rama que procede de la Orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo, cuya regla se cifraba en la vida contemplativa, la meditación de la Sagrada Escritura y el trabajo. La novela se presenta como el texto que la monja jamás se atrevió a escribir, pero que podría haber compuesto en caso de haber gozado de una libertad que no tuvo. Ante el mandato del fraile dominico que la confiesa de que ponga por escrito sus experiencias, decide escribir unas Memorias que, de tan verdaderas, no se atreve a entregarle a su confesor (se trata de estas Malas palabras), dándole a cambio otras aptas para su publicación, las que formarían su Libro de la vida. Por tanto, puede afirmarse que Cristina Morales escribe para reinterpretar la trascendencia de Teresa de Jesús en su condición de mujer, escritora y religiosa. Aun cuando la autora nos advierta de que la Iglesia habría rechazado estas malas palabras, sostiene que cabría tachar también de tales las que sí escribiera, habida cuenta de que, al componer su obra, faltó a la humildad a que estaba obligada. Para ahondar en esta idea de mujer de carácter fuerte y ambiciosa, la novela nos muestra a una religiosa no tan santa, consciente de que, con 47 años, sigue siendo casi tan vanidosa y orgullosa como cuando era niña, y jugaba entonces con su hermano y su primo a ser mártires, en tanto martirizaba de amor al segundo.


Pero la novela es también una confesión de por qué compadeció la niña Teresa, y quiso tanto, a su madre, cristiana vieja, muerta a los treinta y pocos años tras numerosos partos no deseados, impuestos por un marido comerciante y converso, que, si bien les permitía leer a escondidas, llevó a la tumba a su esposa tras humillarla y someterla con cada nuevo embarazo. Y es además un relato sobre el valor de la amistad entre mujeres, así la que entablan la monja y la dueña que la hospeda. Hacia el final, la propia autora, Cristina viene de cristiana, de seguidora de Cristo, mientras imposta la voz de Teresa de Ávila, juega también a cuestionarse sus verdaderas motivaciones de escritora, para lo cual contrapone con malicia las de una Teresa cristinizada a las de un fray Juan de Bonilla, asceta franciscano autor del Breve Tratado donde se declara cuán necesaria sea la paz del Alma, y cómo se puede alcanzar. Mientras nos cuenta esta biografía tan llena de accidentes, al lector le queda la impresión de haber realizado un viaje por el pasado y por la vida de la monja de gran profundidad y alcance, no exento de dosis de humor y causticidad, sobre todo en los diálogos que entabla la monja con quienes pretenden reprenderla, de los que sale siempre airosa.

* Esta reseña ha sido publicada en el número 382 de septiembre de la revista Quimera. La cubierta es de Laia Tarruella.




martes, 22 de septiembre de 2015

Doscientos ochenta y ocho

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Utilizar la lengua como arma arrojadiza, ya no para integrar (como dicen), sino para escindir, amputar y mermar (evitando, así, todo posible contagio); al más puro estilo integrista.
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lunes, 14 de septiembre de 2015

Doscientos ochenta y seis

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El nacionalismo de masas (de cualquier signo, en realidad) 
cuando no amansa, amasa.
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miércoles, 9 de septiembre de 2015

Doscientos ochenta y cinco

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No habría que confundir la expresión hacer de la necesidad, virtud con la creencia de que la necesidad nos haga virtuosos. 
Lo primero es un deseo. Lo segundo, apenas un resultado. 
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viernes, 4 de septiembre de 2015

lunes, 31 de agosto de 2015

miércoles, 26 de agosto de 2015

Doscientos ochenta y dos

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En Internet la amabilidad (y buenas formas) se han vuelto un bien tan escaso que hasta resulta revolucionario.
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domingo, 23 de agosto de 2015

lunes, 17 de agosto de 2015

Doscientos ochenta

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Habría que evitar que los desengaños moldeasen nuestras certezas en mayor medida que las ilusiones. 
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domingo, 9 de agosto de 2015

sábado, 8 de agosto de 2015

Doscientos setenta y ocho

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La locuacidad también es un defecto común 
entre los tímidos más cautos.

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sábado, 1 de agosto de 2015

jueves, 30 de julio de 2015

miércoles, 29 de julio de 2015

Ni puedo ni quiero, de Lydia Davis

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Una maestra del microrrelato en inglés

Después de la publicación de sus Cuentos completos (Seix Barral, 2011), en traducción del escritor Justo Navarro, una recopilación de 700 páginas que reunía doscientas narraciones breves de unas pocas líneas a las cuatro páginas, nos llega ahora un nuevo libro de microrrelatos y cuentos mordaces de Lydia Davis, tras un lapso de siete años en el cual se ha dedicado a traducir En busca del tiempo perdido y Madame Bovary.

Ni puedo ni quiero se compone de 122 relatos, traducidos al español de la Argentina, en los que la autora ha reconocido experimentar con deleite con las formas narrativas. Lydia Davis juega no sólo con el lenguaje destilado cuya mordacidad promueve el género del microrrelato, alcanzando cotas mayores en sus piezas más depuradas, sino también con el registro de su escritura, de ahí que sus textos hagan gala de una asombrosa variedad de modalidades literarias.

En esta recopilación procedente de publicaciones periódicas –a veces, tras ser corregidas–, sus microrrelatos recurren a formas genéricas tan diversas como la misiva, escrita normalmente con propósito de queja o de enmienda, casi siempre desde un humor que mueve a irrisión. Por ejemplo, en “Carta a un director de marketing”, “Carta a la compañía de caramelos de menta” y sobre todo, en el cuento “La carta a la Fundación”, la pieza más extensa del volumen, pues abarca 33 páginas, emparentada con la Carta al padre, de Kafka: no en vano, en ella se confiesa la narradora hasta desnudar su pensamiento, sin flaquear ni dar muestra de pudor alguno; o la menos tirante y más irónica “Carta al presidente del Instituto Biográfico de los Estados Unidos, INC” [en España, S.A.].
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Pero también recurre con una libertad envidiable al esbozo o apunte en “Notas durante una larga conversación telefónica con mi madre”, un texto que adopta la forma del caligrama sobre la hoja que garabatea supuestamente mientras charla con su madre, buscando tejer el vestido que piensa comprarle para el verano, de modo que la palabra algodón acaba componiendo, mediante diversos anagramas, un caleidoscopio cambiante de su relación con ella. Otras veces se sirve de las listas de cosas, o más bien, de pensamientos que elabora en “Estoy bastante cómoda, pero podría estar un poco más cómoda”, con frases lacónicas del tipo: “Estoy cansada” o “Nos sentaron demasiado cerca de la cocina”, además de la expresada en el mismo título, de la que las restantes dan cumplida fe; todo lo cual contribuye a esbozar un estado de ánimo de profundo malestar. O bien sus piezas se basan en sueños, cuya materia imaginaria se halla ligada a la esencia misma de la ficción, de ahí que se dedique a transcribir, y tal vez a reelaborar literariamente, los argumentos soñados.

Acaso la novedad mayor en medio de este sinfín de formas literarias que abarca el microrrelato sea la utilización de series: en especial, la que escribe bajo el membrete de relato de Flaubert, un ejercicio de estilo compuesto a partir de las cartas del autor francés dirigidas a su amante Louise Colet, que su traductora no ha dudado en reproducir y barajar, hasta obtener un texto propio que no traicionara, sin embargo, el espíritu del escritor. Pura intertextualidad postmoderna. E incluso llega a cultivar formas carentes de literatura como el silogismo hipotético (en “Contingencia vs. Necesidad”), la expresión burocrática (en “El lenguaje de la compañía telefónica”) o el palique en “Breve conversación (en la sala de espera del aeropuerto)”. En fin, todo un florilegio de representaciones verbales que van del perfil clásico al formato aséptico, pero que Lydia Davis logra siempre literaturizar.

Entre mis preferidos están “Vacas” o “En el tren”, por citar dos ejemplos de distinta extensión escritos a partir de unos pocos párrafos aislados, como simples brochazos de sentido. En las diferentes piezas la autora se diluye en la narradora protagonista, una voz en primera persona cuyas opiniones y afectos sospechamos que guardan estrecha relación con la singular personalidad de la señora Davis. “Estos días, prefiero los libros que tienen algo real, o algo que el autor al menos creyó que era real. No quiero aburrirme con la imaginación de otra persona”, confiesa en un texto. Sabemos ya mucho del microrrelato español, del hispánico en general, pero poco o casi nada de lo que se cuece en el resto del mundo, que quizá no sea demasiado, pero sí a veces muy valioso, como ocurre en este libro en que Lydia Davis se muestra como un pilar fundamental del nuevo género.
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* Esta reseña ha aparecido publicada en el número doble 380-381 de julio-agosto de Quimera.
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martes, 28 de julio de 2015

Doscientos setenta y cinco

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El niño comparte un tesoro. 
El joven lo muestra. 
El adulto lo guarda. 
El viejo lo reserva.
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lunes, 27 de julio de 2015

martes, 21 de julio de 2015

Doscientos setenta y tres

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Mientras la publicidad hace pasar por certeza lo que es mera patraña, declarándose a sí misma sin empacho verdadera; la ficción, mucho más honesta, parte de su estatuto incierto para hablarnos de las verdades más ignoradas: las de la conciencia.
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martes, 14 de julio de 2015

Doscientos setenta y uno

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No hay mayor desabrimiento que el experimentado con uno mismo. Los demás juegan siempre con la ventaja de ser otros.
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Hermosa vida que pasó y parece
ya no pasar…
Desde este instante, ahondo
sueños en la memoria: se estremece
la eternidad del tiempo allá en el fondo.
Y de repente un remolino crece
que me arrastra sorbido hacia un trasfondo
de sima, donde va, precipitado,
para siempre sumiéndose el pasado.


Jaime Gil de Biedma, "Recuerda"