lunes, 30 de marzo de 2009

El vigilante

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I.
Aquel hombre de perfil lleva más de una hora vigilando mis pasos, el más mínimo de mis movimientos. No se fía ni de su sombra, de ahí que mire a izquierda y derecha con recelo y verdadera desconfianza, como si estuviera dispuesto a descubrirme al menor descuido, a fastidiar mi plácida existencia secreta. Y es que no puede uno fiarse de nadie. Dar un paso en falso. Desfallecer. Atreverse siquiera. Ser.
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II.
Aquel hombre que asoma de perfil recorre, sin descanso, la sala B de exposiciones. Cada día es igual. Desde que le asignaran la vigilancia de la sala, apenas se adentra en los habitáculos laterales, como si no quisiera alejarse demasiado del retrato amarillo que preside su centro.
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III.
Aquel hombre que no asoma por ningún sitio su perfil, o sea yo, no sabe cómo escabullirse de este laberinto de sombras. Huir sin ser visto ni ser echado de menos siquiera. Lograr la fórmula para dejar de ser de una vez por todas. Poder esfumarse, desaparecer.
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8 comentarios:

  1. Qué miedo. El pobre no tiene a quién pedirle ayuda.
    ¿Y si se dejar ir de cuadro en cuadro?
    Abrazo

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  2. Sería una buena solución ésta que propones, Izaskun, ir de marco en marco, a la deriva del olvido (sin rumbo fijo). Porque, a decir verdad, ni siquiera petrificado en la imagen de un cuadro, alcanzaría jamás a zafarse de la mirada del otro. Abrazo de vuelta

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  3. salvo que se plegara molécula a molécula al joven de amarillo. Estaría sin estar él mismo.

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  4. Me sugiere que ese ser ya es casi una sombra màs de ese museo, o una figura que se ha desprendido de algunos de los cuadros y ha cobrado vida propia en forma escultural

    Muy sugerente, Mega. Gracias por tu comentario.

    Besos

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  5. Mega, este texto tuyo tan existencial, mirar al otro, es no apartarse de nosotros mismos, miramos y nos miran y en ese dialogo quedamos atapados. Porque según afirmas, ni cerrando los ojos, ni esfumándose a la vista, deja de ser aquel perfil que mira al que lo mira.
    Cuantas miradas tenemos grabadas sin saberlo.
    Un abrazo de reojo.
    Sergio Astorga

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  6. Nano, pero si es como estamos todos al cabo, plegados molécula a molécula en nosotros mismos...
    (¿Acaso no estamos todos sin estar, más de lo que a veces quisiéramos? Pregúntale, si no, a tu Punchet).

    Eva, de eso se trataba precisamente: de reflejar el juego multiplicador de espejos que supone siempre la mirada del otro, también nuestro mirar. Por eso me propuse hacer hablar a uno y a otro sin que quedara claro cuál de ellos tomaba la palabra a cada rato... Beso

    Sergio, cuántas, desde luego que sí. Y fíjate que a mí me parece que son ellas las responsables de darnos volumen. Como logran siempre tus comentarios, por cierto. Abrazo

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  7. A veces todos querríamos desaparecer... temporalmente. Un relato de bordes inquietantes, querida mega. Besos.

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  8. Gracias, Isabel. Me encanta poder provocar inquietud, transmitírosla en la medida de mis posibilidades.
    Besos

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Hermosa vida que pasó y parece
ya no pasar…
Desde este instante, ahondo
sueños en la memoria: se estremece
la eternidad del tiempo allá en el fondo.
Y de repente un remolino crece
que me arrastra sorbido hacia un trasfondo
de sima, donde va, precipitado,
para siempre sumiéndose el pasado.


Jaime Gil de Biedma, "Recuerda"