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Una ballena azul gigante junto a su cría. Eso era. La madre dio un coletazo en mitad del mar para advertirme de su presencia, pero a la cría la vi sólo después, mientras nadaban las dos en paralelo con la línea del horizonte o, por mejor decir, con respecto a mi orilla. Ese mamífero descomunal debía de pesar, como poco, cien toneladas. Qué raro que no varase a tan corta distancia. No me asustó verla emerger. Antes al contrario, me maravilló: su aparición era sin duda un aviso para mí, que me encontraba en mitad de un sueño de argumento guadianesco y afluentes cenagosos; por fin, iba tomando cuerpo lo que presumía toda una revelación. Me sentía feliz, pletórica. El inmenso mar que acogía a este ser pacificador y cercano brillaba bajo un sol hiriente, incapaz sin embargo del menor daño. El día parecía relucir de puro contento. Y entonces abrió su ojo inteligente de mira telescópica y me enfocó. Parecía el mismísimo Neptuno resurgiendo de las aguas. La Más Grande Revelación jamás vista hecha ballena. Respiré por fin. No me importó lo más mínimo pasar el resto de la noche en vilo.
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Muy sugerente.
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