jueves, 30 de julio de 2015

miércoles, 29 de julio de 2015

Ni puedo ni quiero, de Lydia Davis

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Una maestra del microrrelato en inglés

Después de la publicación de sus Cuentos completos (Seix Barral, 2011), en traducción del escritor Justo Navarro, una recopilación de 700 páginas que reunía doscientas narraciones breves de unas pocas líneas a las cuatro páginas, nos llega ahora un nuevo libro de microrrelatos y cuentos mordaces de Lydia Davis, tras un lapso de siete años en el cual se ha dedicado a traducir En busca del tiempo perdido y Madame Bovary.

Ni puedo ni quiero se compone de 122 relatos, traducidos al español de la Argentina, en los que la autora ha reconocido experimentar con deleite con las formas narrativas. Lydia Davis juega no sólo con el lenguaje destilado cuya mordacidad promueve el género del microrrelato, alcanzando cotas mayores en sus piezas más depuradas, sino también con el registro de su escritura, de ahí que sus textos hagan gala de una asombrosa variedad de modalidades literarias.

En esta recopilación procedente de publicaciones periódicas –a veces, tras ser corregidas–, sus microrrelatos recurren a formas genéricas tan diversas como la misiva, escrita normalmente con propósito de queja o de enmienda, casi siempre desde un humor que mueve a irrisión. Por ejemplo, en “Carta a un director de marketing”, “Carta a la compañía de caramelos de menta” y sobre todo, en el cuento “La carta a la Fundación”, la pieza más extensa del volumen, pues abarca 33 páginas, emparentada con la Carta al padre, de Kafka: no en vano, en ella se confiesa la narradora hasta desnudar su pensamiento, sin flaquear ni dar muestra de pudor alguno; o la menos tirante y más irónica “Carta al presidente del Instituto Biográfico de los Estados Unidos, INC” [en España, S.A.].
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Pero también recurre con una libertad envidiable al esbozo o apunte en “Notas durante una larga conversación telefónica con mi madre”, un texto que adopta la forma del caligrama sobre la hoja que garabatea supuestamente mientras charla con su madre, buscando tejer el vestido que piensa comprarle para el verano, de modo que la palabra algodón acaba componiendo, mediante diversos anagramas, un caleidoscopio cambiante de su relación con ella. Otras veces se sirve de las listas de cosas, o más bien, de pensamientos que elabora en “Estoy bastante cómoda, pero podría estar un poco más cómoda”, con frases lacónicas del tipo: “Estoy cansada” o “Nos sentaron demasiado cerca de la cocina”, además de la expresada en el mismo título, de la que las restantes dan cumplida fe; todo lo cual contribuye a esbozar un estado de ánimo de profundo malestar. O bien sus piezas se basan en sueños, cuya materia imaginaria se halla ligada a la esencia misma de la ficción, de ahí que se dedique a transcribir, y tal vez a reelaborar literariamente, los argumentos soñados.

Acaso la novedad mayor en medio de este sinfín de formas literarias que abarca el microrrelato sea la utilización de series: en especial, la que escribe bajo el membrete de relato de Flaubert, un ejercicio de estilo compuesto a partir de las cartas del autor francés dirigidas a su amante Louise Colet, que su traductora no ha dudado en reproducir y barajar, hasta obtener un texto propio que no traicionara, sin embargo, el espíritu del escritor. Pura intertextualidad postmoderna. E incluso llega a cultivar formas carentes de literatura como el silogismo hipotético (en “Contingencia vs. Necesidad”), la expresión burocrática (en “El lenguaje de la compañía telefónica”) o el palique en “Breve conversación (en la sala de espera del aeropuerto)”. En fin, todo un florilegio de representaciones verbales que van del perfil clásico al formato aséptico, pero que Lydia Davis logra siempre literaturizar.

Entre mis preferidos están “Vacas” o “En el tren”, por citar dos ejemplos de distinta extensión escritos a partir de unos pocos párrafos aislados, como simples brochazos de sentido. En las diferentes piezas la autora se diluye en la narradora protagonista, una voz en primera persona cuyas opiniones y afectos sospechamos que guardan estrecha relación con la singular personalidad de la señora Davis. “Estos días, prefiero los libros que tienen algo real, o algo que el autor al menos creyó que era real. No quiero aburrirme con la imaginación de otra persona”, confiesa en un texto. Sabemos ya mucho del microrrelato español, del hispánico en general, pero poco o casi nada de lo que se cuece en el resto del mundo, que quizá no sea demasiado, pero sí a veces muy valioso, como ocurre en este libro en que Lydia Davis se muestra como un pilar fundamental del nuevo género.
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* Esta reseña ha aparecido publicada en el número doble 380-381 de julio-agosto de Quimera.
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martes, 28 de julio de 2015

Doscientos setenta y cinco

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El niño comparte un tesoro. 
El joven lo muestra. 
El adulto lo guarda. 
El viejo lo reserva.
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lunes, 27 de julio de 2015

martes, 21 de julio de 2015

Doscientos setenta y tres

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Mientras la publicidad hace pasar por certeza lo que es mera patraña, declarándose a sí misma sin empacho verdadera; la ficción, mucho más honesta, parte de su estatuto incierto para hablarnos de las verdades más ignoradas: las de la conciencia.
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martes, 14 de julio de 2015

Doscientos setenta y uno

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No hay mayor desabrimiento que el experimentado con uno mismo. Los demás juegan siempre con la ventaja de ser otros.
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miércoles, 8 de julio de 2015

domingo, 28 de junio de 2015

Doscientos sesenta y ocho

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La satisfacción es un rara avis. 
Vuela suspicaz en cuanto posa su mirada en ti.
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domingo, 21 de junio de 2015

Doscientos sesenta y siete

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En ocasiones, no aportar nada respecto a un asunto cualquiera 
resulta la contribución más (a)preciada.
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lunes, 15 de junio de 2015

Doscientos sesenta y seis

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La estupidez ajena no tiene límites. 
La propia es, a todas luces, incongruente.
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domingo, 14 de junio de 2015

Doscientos sesenta y cinco

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No hay muerte más allá de la vida. 
(Sin vida, no hay muerte. 
Hay no-vida, no-muerte.)
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domingo, 7 de junio de 2015

En el blog de Antón Castro

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AC me hizo ayer un estupendo regalo de cumpleaños al 

publicar en el blog literario que mantiene (nada menos que 

desde el 2004) unos pocos micros. Muy agradecida.
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martes, 2 de junio de 2015

Doscientos sesenta y tres

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El goce es fluido y volátil, tan sólidamente ingrávido que no se atrinchera jamás.
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viernes, 29 de mayo de 2015

Doscientos sesenta y dos

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Ay, cuando un corazón nos muestra lo que a otros esconde.
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En el año de Electra, de Carmen Peire

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Las cuentas del futuro

Tras la publicación de dos libros de relatos, Carmen Peire nos da ahora una novela corta en la que, desde el título, apela a la obra casi homónima de Galdós y al símbolo que la encabeza, acaso una forma de alertar al lector de que nos hallamos en un momento histórico no menos candente. Electra, la pieza del autor canario, estrenada en 1901 con éxito de público y gran revuelo político, contraponía la España religiosa y caciquil con otra liberal y librepensadora mediante el conflicto de su protagonista, impelida por su padre espiritual a ingresar en un convento en lugar de asumir su destino de mujer enamorada, y que solo recuperaba las riendas de su vida tras aparecérsele en clausura el espectro de su madre, que la persuadía de su regreso al mundo. En fin, la obra levantó una enorme expectación al basarse la trama en un hecho real acontecido un año antes (el caso Ubao), en donde la progenitora de una joven de buena familia había llevado a los Tribunales el ingreso de su hija en un convento, de lo que hacía responsable a su mentor espiritual, acusando además a la orden religiosa de querer apoderarse de la dote que le correspondía.

Un siglo después, esta nouvelle de Carmen Peire llena de misterio, con visos teatrales, nos presenta a unos personajes enfrentados a su destino durante la última década del siglo XX, escindidos entre un pasado colectivo que les pesa y un futuro incierto que precisan conquistar. Si en la obra de Galdós se ponía en juego dos futuros posibles a través de la figura de una novicia seducida por la religión, en lo que venía a ser un ejercicio de libertad mal entendido por parte de la joven; en estas nuevas páginas una muchacha busca su identidad, intentando resolver una serie de engaños familiares para encarar el futuro desde la asunción de su historia verdadera.

La narración se divide en cuatro partes correspondientes a los nombres y personajes que desempeñan un papel decisivo en la trama: Efraín, Electra, Isabel e Inés, emparentados entre sí por lazos más fuertes de los que ellos mismos sospechan. Escrita en un estilo diáfano, con escenas dialogadas y monólogos interiores para comunicarle al lector sus pensamientos respectivos, En el año de Electra no parece, por su pericia, el primer acercamiento de la autora a un nuevo género; antes bien, su estructura posee una trabazón fruto de una indudable madurez y oficio.
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Inés, la protagonista de este drama, nacida de padres españoles en el exilio, visita a Efraín en su casa porque desea hacerle unas preguntas sobre el origen de su familia. El hombre, ya jubilado, vive parapetado tras los libros y la escritura con la única compañía de Isabel, la criada que lo atiende y cuida, mientras se dedica a escribir la historia de España a partir de sucesos que rastrea en diversos recortes de periódico. Inés desea recabar información sobre su padre, tras descubrir que era hijo de un republicano con el que su interlocutor había trabajado de joven.

Al cabo, su búsqueda la enfrenta al pasado familiar, poniendo en entredicho el comportamiento de su familia carnal, sobre todo la figura de la abuela, y enalteciendo el proceder de quienes fueron sus parientes adoptivos, algunos incluso de procedencia humilde, de conducta mucho más noble. Una vez descubierta su verdadera identidad, la joven sabrá reconocer en Isabel y Efraín a dos amigos leales. Por su parte, este último recupera el sentido de su escritura, logrando reconstruir la historia de la muchacha a partir de unos cuantos cabos sueltos que anuda desde su imaginación deslumbrada.

Carmen Peire añade un eslabón más a una añeja tradición, mostrando una Electra moderna a través de una muchacha que descubre la importancia de las relaciones elegidas libremente (aquí simbolizada por la España exiliada que representa la chica), en contraposición con aquellas heredadas o impuestas por la sangre (el país de procedencia). Así como la necesidad de labrarse un destino propio capaz de superar un pasado engañoso, dispuesto a hacer frente con esperanza y nuevos bríos esa entelequia llamada futuro.
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*Esta reseña ha aparecido en el número 378 del mes de mayo de la revista de literatura Quimera.
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Hermosa vida que pasó y parece
ya no pasar…
Desde este instante, ahondo
sueños en la memoria: se estremece
la eternidad del tiempo allá en el fondo.
Y de repente un remolino crece
que me arrastra sorbido hacia un trasfondo
de sima, donde va, precipitado,
para siempre sumiéndose el pasado.


Jaime Gil de Biedma, "Recuerda"