sábado, 6 de septiembre de 2008

La semana


Lunes. El padre se asoma a la habitación del hijo para ver qué está haciendo.
-¿Qué haces?, -le pregunta desde la puerta, sin decidirse a entrar.
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Martes. El padre ha sospechado de repente que a lo mejor el hijo anda escribiendo otra vez.
-Sí, papa, ya lo ves.
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Miércoles. El padre duda, pero al final, se encamina hacia el cuarto del hijo.
-¿No te gusta salir con tus amigos?
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Jueves. La misma escena de los últimos días.
-Supongo que, por ahora, prefiero quedarme y escribir.
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Viernes lluvioso. El padre espía por el quicio de la puerta el interior del habitáculo. Al fondo, el hijo escribe concentrado.
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Sábado. Hoy el chaval no está en casa. Ha salido con sus amigos. El padre aprovecha la ausencia del chico para husmear en su habitación.
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Domingo. De nuevo se ha encerrado en el cuarto. Parece que la cosa va en serio. Sin saber por qué, el chico se siente amenazado.
-¿Y lo de estudiar, para cuándo?, ¿puede saberse?, -le pregunta esta vez.
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Lunes. El padre asoma la cabeza un momento buscando sorprender al hijo. Pero lo encuentra -lápiz en mano- repasando los accidentes geográficos del continente asiático. Cuando por fin anochezca y un silencio acogedor se apodere de la casa, el joven se levantará a hurtadillas para retomar su tarea secreta.

martes, 2 de septiembre de 2008

El ángel de la guarda

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La abuela le había regalado un ángel de porcelana antiquísimo para que lo guardara de recuerdo.
-Cuídalo como si fuera de verdad, -le dijo. Quiero que lo tengas tú, para que te acuerdes de mí cuando me haya ido, hijo.
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El chico, al llegar a casa, lo metió, envuelto como estaba, dentro del cajón aquel en que solía guardar todos sus tesoros, rodeado de piedras extrañas, chapas de colores y plumas de pájaros inverosímiles, contento, sí, de que su abuela le hubiera hecho un regalo tan valioso, aunque no tardó mucho en olvidarse del angelillo. De hecho, tuvieron que pasar todavía varios años antes de que la abuela le preguntara de nuevo por él:
-¿Lo guardas todavía, ¿verdad?
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Pero ya no lo guardaba. Sin querer, un poco por descuido, un día se le había caído al suelo, partiéndosele por la mitad una de sus alas. Le había dolido de veras que la figurilla se le rompiera por su mala cabeza. Lo peor fue admitir que no podía salvarlo de ningún modo, pues la finísima porcelana se había ido a quebrar por la juntura del ala con la espalda, de donde se echaba de ver que no podría soportar su peso. Verlo así, tan maltrecho y alicaído, lo apenaba de veras. Hasta que se cansó de sacar los dos trozos que ya sólo le recordaban su desaguisado. Fue entonces cuando se dijo a sí mismo que no tenía ningún sentido conservar tan poca cosa. Y se deshizo de ellos sin pensárselo.
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Ahora, sin embargo, se lamentaba de haberlo hecho. Más allá de sentirse culpable por su rotura, le avergonzaba muchísimo reconocer que se había desecho de él sin la menor consideración.
-¿No lo guardaste, hijo? Y a la abuela se le empañaron los ojos.
-No, -dijo el chico. Se me cayó al suelo y el ángel se hizo pedazos, abuela. No había cura ni manera de salvarlo, -le dijo con el ánimo contrito. Pero la abuela ya no quería saber nada, ni volvió a mirarlo a los ojos por un tiempo.
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sábado, 30 de agosto de 2008

Un matrimonio bien avenido

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Hace ya más de media hora que han dado las diez. Un matrimonio celebra su 56 aniversario sentado a la mesa. El centro del escenario lo preside un mueble respetable anterior a la guerra. La pareja, de unos ochenta años de edad, cena sola. Ya no recibe visitas.
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Cuando se alza el telón, los ancianos están a punto de empezar a comer el segundo plato, después de haber desechado la sopa. Sentados frente a frente, muestran al espectador su perfil más afilado.
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HOMBRE: Otra vez.
MUJER: ¡No!
HOMBRE: Sí, querida...
MUJER: Pero ¿cómo?
HOMBRE: Eso mismo digo yo: ¿cómo es posible?
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Tras dejar a medias el guiso, también salado, la mujer se levanta para retirar los platos. De pronto, dan las once en el reloj del salón, situado fuera de escena. El marido escucha concentrado el martilleo pertinaz del reloj, tan parecido al graznido de un ganso. La esposa le tiende ahora un trozo de tarta de manzana recién horneada.
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HOMBRE: El azúcar.
MUJER: No.
HOMBRE Sí, querida...

jueves, 28 de agosto de 2008

Vestidos para la ocasión

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Desde que Ignacio se compró aquel traje de lana tan bonito, ya no es el mismo. A decir verdad, tampoco yo soy la de antes. Cada vez que me cruzo con él por los pasillos, y la casualidad ha dispuesto que Ignacio lleve el traje en cuestión, mientras yo visto, también por azar, mi nueva falda azul, me descubro pensando no sólo en lo muy elegante que parece de pronto, sino también en que acaso me esté enamorando de verdad, pues ahora su sonrisa resulta mucho más atractiva, con ese gesto tan encantador e inconsciente que tiene de ladear la cabeza siempre que una situación le divierte.
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Últimamente nos cruzamos de continuo; cada dos por tres, como si la casualidad se hubiera vuelto generosa. Ignacio insiste en ladear la cabeza sin privarse lo más mínimo, persuadido de los maravillosos efectos que provoca en mí ese gesto. Supongo que yo, a mi vez, no puedo dejar de sonreírle abiertamente, convencida de que me encuentra encantadora; de donde hemos venido a charlar una media de cuatro o cinco veces por semana, cifra alarmante para cualquiera a menos que exista algo más serio, y ello sin venir demasiado a cuento, quiero decir, sin que ninguno disponga de la excusa magnífica de tener que resolver un asunto laboral de urgencia, o cierto recado que ya no admite mayor dilación. Por supuesto, he empezado a sospechar que nuestros encuentros fortuitos, en realidad, se hallan programados al milímetro. Poco importa que nos crucemos en mitad del pasillo, de camino a nuestras respectivas mesas de trabajo, o a la salida del ascensor.
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Por el contrario, el resto de días en que Ignacio ni viste su traje de lana ni servidora, la falda azul, apenas coincidimos, como si de pronto nuestros trabajos se hubieran vuelto inaplazables, y nos absorbieran por igual, con parecida impaciencia. En vista de este extraño fenómeno, el viernes me acerqué a la tienda y me llevé cuatro faldas diferentes, de colores, estampados, y largos distintos. Ignacio, por su parte, parece haber decidido imitarme, pues ya sólo viste trajes elegantes del mismo corte, situación absurda donde las haya, y sin embargo ninguno de los dos ha vuelto a vestirse como antes.
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Esta noche, por primera vez, va a venir a casa. A cenar, sí. Para la ocasión, he preparado una cena frugal aunque apetitosa, a base de marisco, vino blanco y dulces de postre. Todo tiene que ir bien, desde luego. No podría ser de otro modo. En realidad, no es eso lo que me preocupa.
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sábado, 23 de agosto de 2008

La vida según el alfabeto: la K, la Q y, a veces, la C

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Kantiano de catálogo, ello nunca fue obstáculo para que Kique se considerara sin complejos, y no por casualidad, un kafkiano convencido. En cualquier caso, que Carmina quisiera criticarlo porque el chico carecía del karma característico de aquél, resultaba incoherente. Como tampoco era un secreto su querencia por la lógica maniquea y maquiavélica que le inculcaran aquellos comerciantes locos, y a raíz de cuya conversación, entre cómica y cáustica, acabaría por convencerse de su calidad de hombre capaz de quemarse, incomprensiblemente, por una quimera.
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Lo que quedó como una curiosidad fue que Carmina, la quesera, conociera el caso antes de que el kiosquero, colega de Kique y compañero de curro, cayera en la cuenta. ¡Qué cosas!

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martes, 19 de agosto de 2008

Frankenstein


YO QUIERO TENER una vida COMO TÚ. dEJaR De SER PALABRA, mera sintaxis(*) ridícula, ALZARME de una maldita vez DE LA NADA, ALCANZAR EL CIELO del ser.
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(*) mera sintaxis
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lunes, 18 de agosto de 2008

El insomne


Llevaba más o menos hora y media dando vueltas en la cama, cuando decidió encender la luz de la mesilla y leer el libro aquel que tanto interés le había despertado. A lo mejor, con un poco de suerte, conseguía relajarse y conciliar el sueño antes del amanecer. “En el libro de la noche nuestras páginas están en blanco”, rezaba aquella frase misteriosa, y no por ello menos incisiva. La cita era, cómo no, de Chuang Tzu, antiguo maestro chino de pensamiento paradójico y certero, cuyas verdades habían ido infiltrándose en su vida con una frecuencia pasmosa.
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Lo más inquietante no era tanto que esa cita mínima se revelara extremadamente polisémica, cuanto que los distintos significados coincidieran en uno solo. De hecho, bastaba tomar la noche como muerte, para descubrir que en ese lapso de tiempo nada desdeñable, vivíamos un amago de sueño eterno perfectamente delimitado, una especie de doble vida nocturna plagada de ecos lejanos, procedentes casi todos de la actividad febril e intermitente que hubiéramos desarrollado en las horas de sol. Lo mismo cabía decir si se interpretaba la cita atendiendo a nuestra capacidad de fabulación. Incluso tomándola en sentido literal, sin dobles sentidos ocultos, llevaba razón el dichoso filósofo.
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"Tal vez sostenga yo ahora mismo, sin saberlo, el verdadero libro de la noche", se dijo lleno de angustia. "Y mi insomnio no sea tal, sino una muerte repentina; absurda, sí, pero no por ello menos cierta. O, acaso, me despierte con la llegada del alba y siga viviendo una existencia de sombra creyéndome equivocadamente que estoy vivo; o sólo sea un maldito ente de ficción... O, porque no, viva el mundo entero todas esas quimeras disparatadas de forma simultánea, en la ignorancia más absoluta".
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Tras delirar por espacio de tres días, que él tomó por una sola noche, el insomne falleció sin remedio, exhausto ante la sospecha cierta de que cargaba, él solo, con todo el peso del mundo. Desde entonces, no ha vuelto a aparecer ningún otro desvelado tan loco y lúcido como aquel, igual de temeroso, consciente de la insidiosa lectura que ensombrece desde antiguo la vida humana.
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miércoles, 13 de agosto de 2008

El desconcierto


Y, al fin, se desprende la última hoja del árbol desde una altura nada desdeñable, sin previo aviso, como de puntillas. Aunque se trate de una caída previsible, de nuevo su vuelo incierto ha ido creando figuras de una belleza lacerante, círculos concéntricos y elípticos de perfecta evolución y armonía. Pero, una vez más, el ojo humano no estaba preparado para verlo, ocupado en escrutar esto y aquello, aquí y allá, sin tiento ni tino.
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¡Si al menos un hombre solo pudiera percibir la entereza de un desprendimiento tan ligero, de trazo tan limpio!
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En breve el baile tocará a su fin, y la hoja descansará de su primer y único vuelo. Tal vez en otro tiempo ese hombre que cruza la calle, distraído, hubiera podido reconocer, en esa danza minúscula, toda la intensidad y riqueza de una vida majestuosa. Su posible fulgor.

sábado, 9 de agosto de 2008

Variaciones sobre el mismo tema, 2

La bondad es la única inversión que nunca quiebra.
Henry David THOREAU
:
1.- De tan bondadoso como era, un día se quebró.
.......De tan bondadoso como era, un día quebró.
.......De tan bondadoso como era, un día le quebraron.
:
2.- Aun siendo bondadosa, sólo recibía requiebros.
.......Aun siendo bondadosa, hizo caso omiso de todo requiebro.
:
3.- Bondadoso, lo que es decir bondadoso, no era; antes bien, carecía de todo corazón. Quienes lo trataron aseguraban que, en realidad, era un lobo disfrazado de cordero. Eso sí: el tipo se sabía de memoria todas las enseñanzas de THOREAU, quien solía decir aquello de que "la bondad es la única inversión que nunca quiebra".
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MICROMEGAS
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Hermosa vida que pasó y parece
ya no pasar…
Desde este instante, ahondo
sueños en la memoria: se estremece
la eternidad del tiempo allá en el fondo.
Y de repente un remolino crece
que me arrastra sorbido hacia un trasfondo
de sima, donde va, precipitado,
para siempre sumiéndose el pasado.


Jaime Gil de Biedma, "Recuerda"